miércoles, 23 de abril de 2025

Microrrelato 3: Cenizas y Tizas.

Por: Estela Alejandra García Guerra.

Dedicatoria:

A mi amado esposo, Rolando Francisco Zelaya y Ferrera, mi universo entero, faro constante, inspiración profunda, sabio maestro y leal compañero en este viaje llamado vida. Gracias a él, soy —en gran parte— la mujer que hoy escribe estas palabras.

A mi hija, Mónica Alejandra Zelaya García, mi todo, mi familia entera, mi orgullo más luminoso y la razón más pura para seguir existiendo.

Microrrelato 3: Cenizas y Tizas.
 
En medio de los escombros, encontré mi pizarra. Muy estropeada, pero aún útil. El salón de clases ardió una noche de protesta, pero la escuela no. Volvimos al día siguiente. Yo, con tizas prestadas. Ellos con pupitres improvisados de los restos de la construcción. Y, aquel día enseñamos lo que es la excelencia sin necesidad de nombrarla siquiera; la revelamos con la obstinación que brillaba como una estrella terca en plena tormenta. Demostramos que enseñar, no es simplemente dar respuestas, sino encender un fuego –sigiloso, imperecedero- que arda más allá del aula y del tiempo.

Microrrelato 2: El cuadro de Esther.

Por: Estela Alejandra García Guerra.

Dedicatoria:


A mi amado esposo, Rolando Francisco Zelaya y Ferrera, mi universo entero, faro constante, inspiración profunda, sabio maestro y leal compañero en este viaje llamado vida. Gracias a él, soy —en gran parte— la mujer que hoy escribe estas palabras.

A mi hija, Mónica Alejandra Zelaya García, mi todo, mi familia entera, mi orgullo más luminoso y la razón más pura para seguir existiendo.


Microrrelato 2: El proyecto de Esther.

 

Cada página de su sencillo cuaderno era una promesa. Esther, anotaba con la precisión de una cirujana frente al bisturí, subrayaba y corregía mucho antes que yo y preguntaba más allá del temario. No era la más rápida ni la que sacaba siempre la nota más alta, pero era sin duda, la que más aprendía. 


El día que presentó su proyecto final, no ganó el concurso, solo la certeza de que la excelencia no era perfección: era una pasión sostenida que la impulsaba desde su interior.


- Estela Alejandra García Guerra.

Microrrelato 1: El último en salir.

Por: Estela Alejandra García Guerra.

Dedicatoria:

A mi amado esposo, Rolando Francisco Zelaya y Ferrera, mi universo entero, faro constante, inspiración profunda, sabio maestro y leal compañero en este viaje llamado vida. Gracias a él, soy —en gran parte— la mujer que hoy escribe estas palabras.

A mi hija, Mónica Alejandra Zelaya García, mi todo, mi familia entera, mi orgullo más luminoso y la razón más pura para seguir existiendo.

Microrrelato 1: El último en salir.

 

Los pasillos de la Universidad estaban casi vacíos y las luces, tenues. Sólo quedaba prácticamente él. Alejandro. El que rara vez hablaba, pero que, en los momentos más inesperados, formulaba preguntas hondas, necesarias, que nadie más en el salón de clases se atrevía a realizar cuando el silencio parecía haberse vuelto ley. Nos quedamos dos horas más, desentrañando ecuaciones y despejando dudas, como si en cada número halláramos una clave secreta y, en cada pregunta, un mapa hacia algo más que una simple respuesta.

 

-       “¿Cree que valga la pena tanto esfuerzo, Profe?” me dijo.


Lo miré directo: “La excelencia no se mide por aplausos, Alejandro, sino por la silenciosa satisfacción personal con la que cierras un día así, como hoy”


-       Asintió. Y siguió.