Por: Estela Alejandra García Guerra.
Dedicatoria:
A mi amado esposo, Rolando Francisco Zelaya y Ferrera, mi universo entero, faro constante, inspiración profunda, sabio maestro y leal compañero en este viaje llamado vida. Gracias a él, soy —en gran parte— la mujer que hoy escribe estas palabras.
A mi hija, Mónica Alejandra Zelaya García, mi todo, mi familia entera, mi orgullo más luminoso y la razón más pura para seguir existiendo.
Microrrelato
1: El último en salir.
Los pasillos de la Universidad estaban
casi vacíos y las luces, tenues. Sólo quedaba prácticamente él. Alejandro. El
que rara vez hablaba, pero que, en los momentos más inesperados, formulaba preguntas
hondas, necesarias, que nadie más en el salón de clases se atrevía a realizar cuando
el silencio parecía haberse vuelto ley. Nos quedamos dos horas más, desentrañando
ecuaciones y despejando dudas, como si en cada número halláramos una clave
secreta y, en cada pregunta, un mapa hacia algo más que una simple respuesta.
-
“¿Cree
que valga la pena tanto esfuerzo, Profe?” me dijo.
Lo miré directo: “La excelencia no se
mide por aplausos, Alejandro, sino por la silenciosa satisfacción personal con
la que cierras un día así, como hoy”
-
Asintió.
Y siguió.
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